La inflación en Estados Unidos se redujo de forma notable y hoy ronda la mitad del ritmo que alcanzó bajo la administración anterior. Sobre el papel, es una buena noticia para los bolsillos. Sin embargo, la paradoja es evidente: los votantes siguen igual de molestos que antes. El dato económico mejora, pero el ánimo social no lo acompaña.
La explicación tiene varias capas. Una inflación más baja no significa que los precios bajen, sino que suben más despacio. Lo que ya se encareció durante los años de alta inflación sigue costando caro. El consumidor no siente alivio porque su gasto diario continúa siendo mucho mayor que hace unos años.
La memoria de los precios juega en contra. La gente compara lo que paga hoy con lo que pagaba antes de la escalada inflacionaria, no con el mes pasado. Esa referencia hace que cualquier mejora estadística se perciba como insuficiente. El supermercado, la renta y los servicios siguen pesando en el presupuesto familiar.
El fenómeno también es psicológico. Los aumentos de precios se sienten de inmediato, mientras que la desaceleración de la inflación es un proceso lento y poco visible. Nadie celebra que algo suba menos; todos recuerdan cuando era más barato. Esa asimetría alimenta el descontento.
Para la política, el reto es enorme. Un gobierno puede presumir cifras favorables de inflación y aun así enfrentar un electorado irritado. La economía real que vive la gente pesa más que los indicadores oficiales. El voto suele responder al sentimiento del bolsillo, no a las estadísticas.
Hay además otros factores que erosionan el ánimo. Los salarios no siempre alcanzan a recuperar el poder de compra perdido, y el costo de la vivienda sigue siendo una carga fuerte. Cuando el ingreso no rinde como antes, la percepción de crisis se mantiene aunque los números digan lo contrario.
La lección es clara para cualquier economía, incluida la mexicana. Controlar la inflación es necesario, pero no basta para que la gente se sienta mejor. Hace falta que el ingreso crezca y que los precios se estabilicen el tiempo suficiente para que el consumidor recupere confianza. Mientras eso no ocurra, el enojo seguirá presente.